Trabajar: algo que nadie quisiera hacer jamás, o por lo menos eso opinan las personas que trabajan. Por qué no se puede vivir haciendo lo que a uno le gusta y sin obtener nada a cambio. El humano es un ser que a lo largo de su vida intercambia continuamente cosas; intercambia palabras, comida, libros, cd´s, dinero, etc. Todos desearíamos tener mucho dinero para no trabajar, pero lo cierto es que no trabajamos sólo por la plata sino para sentirnos parte de la sociedad. Podemos tener empleos mejores que otros pero lo importante es intercambiar algo con las personas, sentirnos útiles.
Algo común que hacemos a menudo es pensar en el trabajo ideal. Pensamos que el trabajo de actor es el mejor, porque te hacés famoso, ganás mucho dinero, pero la mayoría de ellos detesta que los reconozcan en la calle. Lo mismo pasa con los músicos. Ganar dinero haciendo lo que a uno más le gusta es lo que todos quieren. Otros aseguran que los mejores trabajos son aquellos en los que se hace poco y se gana más, como por ejemplo los escribanos, están ahí, parados al lado del conductor, esperando que saquen el cuponcito ganador y luego hacen que anotan algo en una papel. Hay muchos que envidian a las personas con alguna discapacidad, que puede ser temporaria o permanente, y cobran un sueldo por mes sin hacer nada. Quizá sólo intentan hacerlas sentir mejor.
Lo cierto es que no podemos no hacer nada. Sin embargo, la rutina del trabajo destruye el espíritu de las personas, las aliena, las deja inconscientes y anestesiados. Pero la rutina del no hacer nada, también. Entonces, acá entramos en un problema, porque están quienes prefieren un trabajo mecánico, repetitivo y morir por la rutina y los que aman los trabajos cambiantes, aleatorios y mueren de estrés, que es básicamente lo mismo.
Hay muchos empleos que nos causan curiosidad como por ejemplo: el astronauta. Todos quisimos alguna vez ser astronautas. Ahora, simplemente, nos preguntamos si realmente llegaron a la luna.
Pero hay ocupaciones más cercanas a nuestro planeta y que también nos causan interés, como por ejemplo, el ladrón, chorro o punga. Podríamos decir que no es una ocupación pero ellos intercambian insultos, amenazas y reciben a cambio miedo, llantos, en muchas oportunidades balas y por supuesto un beneficio económico.
La segunda actividad que a Nicanor le permitió sobrevivir por al menos 6 meses fue el encargado de garage. Pero no de cualquiera, era el garage ubicado en Maipú y Santa Fé, una zona proclive a las inundaciones de autos. Pero no se trataba de esos con varios niveles donde cada uno estaciona el automóvil en una determinada parcela. El garage "Santa Fé" era como un baldío vacío pero asfaltado en donde los autos debían ser estacionados por el encargado o en su defecto por un ayudante oficial. Pero no se ubicaban a piaccere, sino que tenían que estar ubicados estratégicamente. Imaginen que si había negligencia por parte del encargado, el garage visto del quinto piso se asemejaba a un rompecabezas, de esos que uno tiene que ir moviendo piezas hasta formar la figura. Obviamente, para observar está figura desordenada había que ser un experto en el oficio.
Los dos primeros meses Nicanor fue una decepción para su tío Carlos, dueño, capitalista del emprendimiento. Organizaba mal los autos y en muchas ocasiones tuvo que vaciar el garage, parar el tránsito de la avenida para entregar un auto a un cliente que pagó una hora. De los errores se aprende dice el refrán, pero también hay un viejo refrán que dice que el ser humano es el único ser que puede toparse una y otra vez con la misma piedra. A Nicanor le llevó exactamente 61 días generar un plan eficiente para no tener este tipo de inconvenientes.
Comenzaba colocando los autos que pagaban de una a tres horas del lado derecho, y los que pagaban la estadía los estacionaba al final. Parecía simple pero nunca faltaba quienes salían de apuros que habían pagado la estadía. Para lo cual diseñó un complejo sistema de grúas mecanizadas que elevaban el automóvil 5 metros y que luego depositaba a la salida.
El viernes 15 de enero Nicanor perdió su empleo. Eran las diez de la mañana, hora pico en donde todo automovilista busca lugar para dejar su auto a salvo de los remolques. Una 4x4 marca Ford, un monstruo que sólo a un inconsciente con dinero se le ocurre pasearla por la ciudad fue cliente por única vez. Después de tres horas este señor, que ahora estaba acompañado de una señorita, decidió retirar su camioneta. El hombre quedó fascinado con en invento de Nicanor. El problema fue cuando quiso estar dentro de la camioneta mientras la grúa movía su coche. Nicanor le explicó que eso era imposible, que podía ser muy riesgoso. El señor con soberbia depositó un billete de 100 dólares en el bolsillo de la camisa blanca, encendió la camioneta y dijo -¡Subime, pibe! A medida que la grúa lo elevaba el hombre aceleraba creyendo que estaba en un parque diversiones. Comenzó a samarrearse como intentando apurar el paseo hasta que se soltó. La 4x4 cayó desde 5 metros sobre un Peugeot 307 que quedó irreconocible. El hombre aceleró, pasó por encima de otros tres automóviles y se dio a la fuga.
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