El arte, en términos generales, produce placer a los sentidos, pero si analizamos cada una de las actividades que lo conforman podemos decir que no hay como la música. La música es el arte más explotado ya sea desde la ejecución como la contemplación. Todo el mundo escucha música y lo hacemos todo el tiempo; cuando estamos en el tren, cuando subimos al auto, en una clase aburrida, cuando hacemos el amor, vivimos escuchando música. No pasa lo mismo con la pintura por ejemplo, no a todos les gusta, a otros les da lo mismo e incluso para muchos ver cuadros es una tarea tediosa, y no porque el pintor tenga un estilo que no les guste, sino que lo que les aburre es el hecho de estar parado frente a un cuadro.
Todos alguna vez en la vida hicimos música. Aprendimos guitarra de niño, piano, nos compramos una batería, otros más ávidos estudiaron violín, o simplemente silbamos cuando caminamos.
Si jamás tocamos un instrumento, seguramente, lo estamos o estaremos deseando.
Es común que nos suceda una desilusión con algún instrumento que nos enamoró, quizá en realidad fuimos sólo atraídos por el alma artístico de quién lo ejecutaba y no del instrumento propiamente dicho. Ocurre como en el amor, podemos fracasar una y otra vez, pero como dice el refrán "Siempre habrá un roto para un descosido."
Nicanor Tildela era un aficionado de la música, y esto quiere decir que no sólo la escuchaba como todos lo hacen, sino que además tenía todos los disco originales, una rareza que sólo los fanáticos puede darse el lujo de hacer. Escuchaba jazz, blues, rock, música electrónica, tango, flamenco, heavy metal e innumerable cantidad de estilos y artistas. Concurría a todos los recitales habidos y por haber. A concurrido, en repetidas oportunidades, a bares del bajo flores porque dicen que allí se ve a los más grandes artistas cuando todavía son humildes, dicen que por una cuestión de ingenuidad.
Nicanor adoraba la guitarra, pero nunca logró tocarla adecuadamente. Siguió intentando por el lado de las cuerdas y se compró un bajo, pero el instrumento jamás vibró como él quiso.
Un día recorriendo una gran tienda de artículos para el hogar se encontró por accidente un adorno que la mayoría de las personas lo utilizan para decorar. Sin darse cuenta con su pie lo arrastró, el instrumento cayó haciendo un sonido que llamó su atención. Era un palo de agua. Palo de agua o también conocido como palo de lluvia, es un instrumento que consiste en un tronco hueco que, por dentro, tiene pequeños pedazos de palos de bambú que funcionan como una escalera, y sobre ella caen muchísimas semillas que producen un sonido similar a la lluvia. No dudó en comprarlo, salió de la tienda sin comprar el tazón para el desayuno.
Llegó a su casa y comenzó a jugar con el instrumento, lo bamboleaba para un lado y para otro y escuchaba ese sonido que lo tranquilizaba y le hacía perder la noción del tiempo. A los pocos días su técnica había mejorado notablemente. Ya podía controlar cada sonido que brotaba del instrumento. Estaba tan entusiasmado que fue a un gran negocio de música en la calle Talcahuano y Córdoba llamado "La Lechuza". El vendedor estaba sorprendido por el interés que tenía. Él quería cambiarlo por uno más grande. Finalmente, lo consiguió, compró uno que tenía un metro y medio de largo.
Costó en acostumbrarse, las semillas eran distintas y los palos tenían diferente ubicación. El tercer domingo del mes sintió que estaba completo, se creyó listo. Intentó convencer a algunos amigos para juntarse a hacer música, pero ninguno sabía que papel podía cumplir él en la banda, no le encontraban el lugar.
Al mes siguiente un amigo le dijo que pruebe ir a algunos bares donde se hacen zapadas, pero le aclaró que generalmente se toca blues o jazz. Fue pero no tuvo aceptación.
Él veía que la pandereta, el cajón de flamenco y tantos otros tenían más utilidad que el palo de agua. Una vez fue a una clase de yoga y la profesora le pidió que toque algo, pero terminó desconcentrado a todo el grupo.
Sin desanimarse Nicanor comenzó a construir el palo de agua más grande, hecho con un tronco de ombú de un metro de ancho por tres de largo. Tenía en su interior 13 millones de semillas de girasol, un millones de bolitas y 500 mil piedras de canto rodado.
Dos meses le llevó semejante construcción con ayuda de Marcelo, un carpintero amigo.
Subió el instrumento a la terraza y comenzó a tocarlo. Lo amacó de a poco con ayuda de cuerdas que colocó estratégicamente. La gotas cayeron suavemente y cada vez fueron más intensas, la gente sorprendida comenzó a salir a la calle y mirar a el cielo, muchos corrieron desesperados a guardar el auto en el garage. La tormenta comenzó a hacer un sonido similar a cuando llueve sobre un techo de chapa. La gente no entendía, estaba fastidiosa. Al día siguiente un titular en el diario Crónica decía "Intensa lluvia cayó sin mojar en Paternal".
Todavía sentía que lo que él hacía no era valorado por las personas y pensó que quizá no era un problema de él sino que tal vez, no eran las personas que necesitaban escuchar.
Así que no tuvo mejor idea que irse hasta Carmen de Patagones.
Llegó a las seis de la tarde, empezó con todos los preparativos en la plaza de las tres esquinas. Lo niños sentían mucha curiosidad y se escuchó todo tipo de cosas, desde niños que estaban ansiosos de que prenda fuego el árbol hasta niñas que estaba triste porque el no tenía hojas. A las doce de la noche, cuando todos se habían ido, inicio su acto. Bellas gotas se deslizaban hasta caer. La gente de la localidad salió de inmediato a la calle, estaba feliz, estaban todos enloquecidos por el fenómeno olvidado. Luego se dieron cuenta, algunos sintieron que era una burla, pero de a poco todos se acercaron, como si fuese una fogón y contemplaron la fabulosa música de la lluvia.
Nicanor entendió entonces que hay instrumentos para todos, sólo hay que descubrirlos, pero la música que hacemos no.
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